Jueves 27 de Enero de 2011 08:44

La esperanza ahogada en el pozo

por Lorena Seijo

Guatemala: 250.000 muertos, 45.000 desaparecidos y cientos de cadáveres enterrados en fosas comunes. Los más de 40 años de conflicto armado (1954-1996) que padeció este país centroamericano han dejado heridas muy difíciles de cicatrizar, sobre todo cuando las familias de las víctimas de las masacres siguen sin saber dónde descansan.

pozo

Las fosas comunes siembran de dolor todo el país, se encuentran en los destacamentos militares, en fincas privadas, incluso en las iglesias… bajo la tierra que siguen pisando tanto sus familiares como sus asesinos, porque con la firma de la paz en 1996, también se firmó la impunidad.

La mayor parte de los ejecutados fueron hombres y mujeres indígenas de las zonas rurales, a los que el Ejército acusó de proteger a los guerrilleros. Desde el 2001 se han abierto cientos de fosas, se han llevado a cabo entierros colectivos y se han soltado finalmente las miles de cuerdas que aún ceñían los huesos de sus muñecas. Ésta ha sido la prueba fehaciente del denominado “genocidio guatemalteco”, que con poca fortuna intentó juzgar la Audiencia Nacional Española en el 2006.

Pero en Guatemala, igual que en Chile y en Argentina también hubo tres mil universitarios, sindicalistas e intelectuales de la capital que nunca volvieron a casa. Algunos aparecieron torturados en las cunetas, pero de otros nunca se volvió a saber nada.

Cuando la mayoría de sus familiares habían perdido la esperanza de encontrarlos, en el 2008 la Fundación de Antropología Forense de Guatemala (FAFG), después de un cuidadoso estudio, les comunicó que muchos de ellos podrían encontrarse en un pozo de 40 metros de profundidad, ubicado en uno de los cementerios de la capital guatemalteca. En este improvisado osario se habían ido acumulando durante los últimos 30 años los restos de más de 3.000 personas enterradas como XX, sin nombre.

Era la primera vez que se localizaba una fosa común en la capital del país, 22 años después de la firma de la paz. De entrada solo se trataba de una hipótesis bien fundamentada. ¿Qué hizo pensar a la FAFG que los desaparecidos podían estar allí? Lo primero, los testimonios de algunos de los victimarios de la época, que identificaban este cementerio como el lugar más común para ocultar los cuerpos. Segundo, que si durante los años 60 el número de personas que eran enterradas sin identificar no superaba las 150 anuales, durante los 70 y 80 subió a 550. Tercero, mientras con anterioridad la mayoría de los cadáveres correspondían a sin techo que habían muerto por causas naturales, en los 80 el perfil varió: hombres y mujeres entre 20 y 29 años, muertos de forma violenta, en grupo, y sus cuerpos encontrados en terrenos baldíos o carreteras.

Con el cruce de todos estos datos y de la lista de desaparecidos aportada por la organizaciones no gubernamentales, la FAFG llegó a la conclusión de que por lo menos 889 de los restos podían pertenecer a jóvenes desaparecidos en la capital entre 1977 y 1986. Años clave de la represión militar.

Este convencimiento fue lo que movió a la FAFG a buscar financiación para el laboratorio de ADN y el registro en un Banco Genético de muestras de más de 2.000 familiares de las víctimas. Todo ello sufragado por donaciones internacionales, pues el Estado no corre con los gastos.

A finales de 2010, la FAFG anunció que por lo menos 50 de los restos recuperados pertenecen a algún represaliado, pero habrá que esperar hasta este año para su identificación exacta y para entregárselos a sus familiares.


Los testimonios que vienen a continuación fueron recabados en el 2008, cuando se halló la fosa.

Blanca de Hernández busca desde los años 1980 a seis de sus familiares que nunca volvieron a casa. Entre ellos se encuentra su primogénito, Óscar David Hernández, quien desapareció en febrero de 1984.

“El 23 de febrero de 1984 comencé a velar a mi hijo en este cementerio. Desde las cinco de la mañana hasta que terminaban de ingresar cadáveres permanecía aquí, con la esperanza de poder reconocerlo”, cuenta.

Blanca recuerda que los cuerpos llegaban mutilados, y que cada cadáver de un hombre joven le parecía el de su hijo. “La Judicial se hacía pasar por sepultureros y nos decían que si les dábamos nuestros datos nos ayudarían a encontrar el cuerpo. Así conseguían saber dónde vivíamos y quiénes éramos”, relata.

“Cuando asesinan a una persona es doloroso, pero la incertidumbre es lo más terrible; uno se acuesta y despierta durante años con la esperanza de que está preso, que un día te lo devolverán. Por supuesto, ya no”, dice forma serena.

 

El primer identificado de La Verbena

Fernando Colindres no puede evitar el llanto cuando recuerda la tortuosa búsqueda de su hijo Luis, el único de los desaparecidos que ya no lo está, después de que se hallaron sus restos en el 2006.

Luis fue ejecutado en la calzada Roosevelt, cuando se bajaba de un bus, el 21 de julio de 1982, durante el gobierno de Efraín Ríos Montt. Aunque sus padres en aquel momento no lo sabían, Luis pertenecía al Partido Guatemalteco de los Trabajadores, además de ser catedrático universitario.

En el momento de su asesinato llevaba consigo una cédula falsa, por lo que fue enterrado en el cementerio de La Verbena con otro nombre. Por suerte su mujer sí sabía de su doble identidad, y al día siguiente le confirmó a la familia su fallecimiento.

Su padre, Fernando, no lo quería creer. Fue al gabinete de identificación policial a que le enseñaran las fotos “de los muertos del día”, pero no lo reconoció porque estaba desfigurado, ya que después de dispararle le pasaron un vehículo encima.

Fernando no se atrevió a acercarse al cementerio, envió a su cuñado para que preguntara por Luis y por su supuesto alias, Manuel. Los sepultureros le enseñaron la tumba de Manuel: nicho 926, tumba 21, galería 3. A Fernando le aconsejaron que pidiera la exhumación de los restos, “pero en ese tiempo mejor uno se quedaba callado, pues tenía más familia que proteger”.

Durante años, Fernando y su mujer estuvieron visitando la tumba común, a la que nadie llevaba flores, preguntándose si Manuel sería Luis. Tuvieron que esperar hasta el 2006 para que la FAFG pudiera exhumar el cuerpo, identificarlo y enterrarlo en otro cementerio. Su identidad falsa lo libró de ser tirado, como el resto, al pozo.

 

fuente: http://www.agareso.org/es/reportajes/item/311-a-esperanza-afogada-no-pozo/311-a-esperanza-afogada-no-pozo

 

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